Por qué es tan importante aprender a hacer buenas preguntas
El conocimiento surge de las preguntas. A veces de las preguntas que se hicieron otros y, a veces, de las que nos hacemos nosotros mismos. Aprender sobre la importancia de las preguntas nos hará crecer en cualquier campo de conocimiento.
Por eso preguntar es una parte fundamental del aprendizaje. Y no hablamos únicamente de levantar la mano en clase cuando algo no se entiende. También de aprender a preguntarnos a nosotros mismos qué sabemos, qué ignoramos, qué damos por cierto y qué necesitamos averiguar.
En la universidad vamos a encontrar muchas respuestas, pero una de las cosas más importantes que podemos aprender es a formular las preguntas que nos llevan hasta ellas.
Preguntar es una forma de aprender
Cuando preguntamos qué significa un concepto, ya estamos reconociendo que existe algo que todavía no comprendemos. Pero podemos ir un poco más allá: ¿por qué funciona así?, ¿cómo se ha llegado a esta conclusión?, ¿qué relación tiene con lo que acabamos de estudiar?, ¿con qué podemos relacionar ese concepto dentro del mismo campo de estudio?, ¿y fuera de él?, ¿qué ocurriría si cambiáramos alguna de sus condiciones? ¿Aplica igual en todas las culturas o tenemos una mirada occidental del conocimiento?
No todas las preguntas nos llevan al mismo sitio.
Una pregunta cerrada puede ayudarnos a comprobar un dato, mientras que otra puede abrir una cuestión mucho más amplia. Ambas pueden ser útiles, pero aprender a distinguir qué necesitamos saber en cada momento nos permite aprovechar mejor nuestro tiempo y profundizar en aquello que estudiamos.
Además, a veces la pregunta más importante es la que nos hacemos antes de preguntar a otra persona.
Cuando no sabemos qué es lo que no entendemos
Hay una situación bastante habitual en la universidad: sabemos que no hemos entendido algo, pero no somos capaces de explicar qué.
«No entiendo este tema» es una sensación. Convertirla en una pregunta requiere un poco más de trabajo. Podemos volver a los apuntes, consultar un libro, repasar los conceptos anteriores o intentar explicar con nuestras palabras aquello que creemos haber entendido. En algún momento aparecerá probablemente el punto en el que dejamos de saber cómo continuar. Ahí tenemos la pregunta que buscábamos.
Este proceso es importante porque nos hace participar activamente en nuestro propio aprendizaje. No esperamos pasivamente a que alguien vuelva a explicarnos todo el tema, sino que intentamos localizar qué conocimiento nos falta para poder hacer las conexiones que nos permiten avanzar.
Una buena pregunta puede cambiar una clase
Las preguntas tienen también un lugar primordial en el aula. Una duda planteada en el momento adecuado puede hacer que un profesor explique de otra manera un concepto que no estaba quedando claro o que toda la clase se detenga en una cuestión que merece la pena desarrollar. Puede generar un debate o abrir líneas de investigación que desconocíamos. Ese es el superpoder de la pregunta, que es una llave maestra.
La forma de enseñar de cada profesor es diferente. Hay docentes que construyen buena parte de sus clases a partir de las preguntas de los estudiantes y otros que prefieren terminar una explicación antes de abrir un turno de dudas. En cualquier caso, que una pregunta no se haga en voz alta no significa que no sea valiosa. Podemos escribirla y volver sobre ella después.
Lo importante es no dejar que la duda desaparezca simplemente porque nos da vergüenza reconocer que no sabemos algo o hablar en público.
De una pregunta puede surgir una investigación
Algunas preguntas no se resuelven sin más, sino que nos llevan a investigar.
Antes de buscar información para un trabajo, necesitamos saber qué queremos averiguar. Una cuestión como «la inteligencia artificial en la universidad» es un tema, pero no una pregunta de investigación. Tendremos que concretarla: ¿cómo está cambiando la forma de aprender y evaluar?, ¿qué efectos tiene sobre determinados métodos de aprendizaje?, ¿qué problemas plantea su utilización?, ¿qué capacidades desarrollaremos más o menos por su uso?, ¿qué sesgos detectamos en las IA?
A partir de ahí empieza la búsqueda. Podemos consultar manuales y libros para conocer el contexto, localizar artículos científicos y otras fuentes especializadas, comparar lo que han encontrado distintos autores y comprobar qué evidencias existen.
Y probablemente descubramos que la pregunta inicial no era exactamente la que necesitábamos. Eso también forma parte de investigar. A medida que conocemos un tema, nuestras preguntas cambian. Se hacen más precisas, aparecen otras nuevas y algunas dejan de tener sentido. Investigar no consiste en encontrar rápidamente una respuesta, sino en aprender a formular mejor aquello que queremos saber.
También hay que saber preguntarse si algo es cierto
Las preguntas no sirven únicamente para descubrir aquello que ignoramos. También son una herramienta para examinar aquello que creemos saber. ¿Por qué aceptamos esta explicación? ¿En qué pruebas se basa? ¿Quién ha llegado a esta conclusión? ¿Hay otras interpretaciones posibles? ¿Qué información nos falta?
Este tipo de preguntas son las que construyen el pensamiento crítico. Nos obligan a no aceptar una afirmación únicamente porque aparezca en un libro, la diga un profesor, esté en una web, nos la dé una IA o porque alguien en las RR. SS. la explique con mucha seguridad. También la universidad debería enseñarnos algo más que respuestas. Debería proporcionarnos las herramientas necesarias para poner esas respuestas a prueba.
La curiosidad nos mantiene preguntando
Y después está la curiosidad, que quizá sea la forma más agradable de aprender.
No siempre nos preguntamos porque tengamos un examen o porque necesitemos resolver una duda. A veces una clase nos hace pensar en algo que no habíamos considerado, un libro nos lleva a otro o descubrimos una relación entre dos materias que aparentemente no tenían nada que ver.
Esa pregunta que aparece cuando ya hemos entendido lo básico puede ser la que más nos haga aprender. Hay que tener en cuenta que estudiar una carrera no debería consistir únicamente en acumular respuestas. De hecho, debería servirnos para ampliar el número y la calidad de las preguntas que somos capaces de hacernos.
Una buena pregunta no tiene por qué ser complicada ni ingeniosa. Tiene que ayudarnos a avanzar: a comprender algo, a descubrir qué nos falta, a investigar, a cuestionar una idea o simplemente a querer saber más. Y quizá esa sea una de las mejores cosas que podemos llevarnos de la universidad: no solo conocimientos para responder cuando nos pregunten, sino la capacidad de reconocer qué merece la pena preguntar y cómo hacerlo para seguir aprendiendo.