8 tips para aprovechar de verdad cada clase y reducir tiempo de estudio
Ya que vamos, ¿por qué no aprovechar las clases de verdad? Con poner solo un poco de nuestra parte, nuestras notas pueden mejorar y el tiempo que necesitamos para estudiar antes de los exámenes puede reducirse. Así que merece la pena intentarlo, ¿no?
Podemos asistir a todas las clases, sentarnos en primera fila y, aun así, llegar a casa sin tener demasiado claro qué se ha visto ese día. Porque estar en el aula no significa necesariamente aprovechar el tiempo. Muchas veces estamos «de cuerpo presente», como en el velatorio, mientras nuestro espíritu se ha ido a Narnia o a hacer scroll.
Entre el móvil, las conversaciones con los compañeros, las explicaciones que se nos escapan y esa costumbre de copiar todo lo que se dice como si fuésemos grabadoras, es fácil que las clases acaben siendo un trámite que cumplimos para poder presentarnos al examen. Y es una pena, porque tenemos delante al profesor, los materiales y la posibilidad de resolver dudas en el momento. Buena parte del trabajo que después tendremos que hacer por nuestra cuenta podríamos adelantarlo allí mismo.
¿Qué podemos hacer para sacarles más partido?
1. Esta nos la sabemos, solo hay que cumplirla: el móvil, fuera
«Solo voy a responder un mensaje», «voy a echar un vistazo rápido al Insta»… Estas y otras son las mentiras que nos contamos antes de pasar tres cuartos de hora mirando el smartphone. Consultamos una notificación, respondemos algo, abrimos otra aplicación y, cuando queremos darnos cuenta, el profesor lleva un buen rato explicando algo de lo que ya no sabemos ni cómo ha llegado hasta ahí.
Y no hace falta que estemos mirando el teléfono constantemente. Basta con tenerlo encima de la mesa, ver que se enciende la pantalla o notar una vibración para que la atención se nos vaya detrás. Después toca volver a encontrar el hilo de la explicación, si es que lo conseguimos.
Lo más sencillo es guardarlo en la mochila, en silencio y sin vibración. Si lo necesitamos para consultar algún material de clase, podemos cerrar las aplicaciones que no tengan nada que ver con la asignatura. No hace falta ponerse a luchar contra la tentación cada cinco minutos. Mejor quitarla de en medio.
2. Los apuntes se toman a mano
Escribir en el ordenador puede parecer más rápido, pero también facilita que acabemos copiando palabra por palabra lo que dice el profesor. Y eso no quiere decir que estemos entendiendo lo que escuchamos.
Cuando tomamos apuntes a mano tenemos que seleccionar, resumir y explicar las ideas con nuestras propias palabras. Como no podemos escribirlo todo a la misma velocidad a la que habla el profesor, toca decidir qué merece la pena anotar. Ese esfuerzo de selección nos obliga a prestar atención y a procesar la información, en lugar de limitarnos a transcribirla.
Además, escribir a mano puede ayudarnos a recordar mejor lo que estamos aprendiendo. Y si somos muy fanáticos de la tecnología, siempre podemos utilizar una tableta con lápiz óptico. Lo importante es no confundir tomar apuntes con copiar todo lo que aparece en la pantalla.
Podemos utilizar flechas, esquemas, dibujos o anotaciones al margen para relacionar conceptos. Tampoco hace falta que nuestros apuntes parezcan una página de Pinterest. Tienen que servirnos para estudiar y recordar lo que se ha explicado, no para ganar un concurso de papelería bonita.
3. No hay que copiarlo todo
Ya lo hemos dicho: sintetizar es mejor que copiar hasta las comas. Las diapositivas suelen estar disponibles en el campus virtual o nos las facilitan los docentes, y los manuales contienen buena parte de la información que necesitamos. No tiene mucho sentido intentar reproducirlos enteros durante la clase.
Los apuntes deberían recoger, sobre todo, lo que añade el profesor: una explicación que aclara un concepto complicado, un ejemplo que no aparece en el material, una referencia interesante o algo en lo que insiste porque suele dar problemas. También podemos anotar qué partes no hemos entendido para volver sobre ellas después.
Antes de escribir, pensemos si lo que vamos a copiar ya está en los materiales y si aporta algo. Porque una cosa es anotar una explicación importante y otra muy distinta apuntar hasta la anécdota de cómo se ha manchado la chaqueta el docente.
4. Si no entendemos algo, no esperemos una iluminación divina
Cuando perdemos el hilo de una explicación, es bastante tentador desconectar y pensar que ya lo estudiaremos en casa. Más aún si nos da vergüenza intervenir. El problema es que lo que viene después puede depender precisamente de aquello que no hemos entendido. Y así es como una asignatura empieza a hacerse bola.
Si podemos, preguntemos en el momento, antes de que se nos olvide y acabe en esa lista infinita de «tengo que…». Si no queremos interrumpir o necesitamos ordenar primero la duda, podemos anotarla y preguntarla al terminar la clase o durante una tutoría. Aunque, si tenemos la oportunidad, levantar la mano suele ser lo más práctico.
Lo que no conviene es dejar que se acumulen conceptos sin entender. Después llega el tema siguiente, que se apoya en el anterior, y nos encontramos intentando estudiar algo que ya empieza con una laguna.
Y no pensemos que preguntar es molestar. Si algo no ha quedado claro, puede que otros compañeros estén igual. Además, los profesores suelen agradecer que les indiquemos cuándo una explicación necesita algo más de detalle. Para eso están también las clases.
5. Hay que participar, aunque nos dé vergüenza
En clase suelen intervenir los mismos tres compañeros de siempre. El resto escucha, toma notas y procura no llamar demasiado la atención. Pero participar no significa tener que demostrar constantemente cuánto sabemos ni responder a todo como si estuviéramos en un concurso.
Podemos aportar un ejemplo, plantear una interpretación, responder a una pregunta o explicar por qué no estamos de acuerdo con algo. Y también podemos equivocarnos. De hecho, hacerlo nos ayuda a descubrir qué parte de la materia todavía no dominamos.
Cuando intervenimos tenemos que ordenar lo que pensamos y encontrar la manera de expresarlo. No es lo mismo reconocer una idea cuando la explica otra persona que ser capaces de explicarla nosotros. Si podemos contar con nuestras palabras lo que acabamos de estudiar, es bastante probable que lo hayamos entendido. Y eso se nota cuando llega el examen. Participar en clase es una forma más de aprender y es muy importante que nos quitemos la vegüenza de encima cuanto antes.
6. Busquemos ejemplos fuera del temario
Hay explicaciones que parecen bastante abstractas hasta que encontramos algo con lo que relacionarlas. Puede ser un caso que aparece en las noticias, una situación que hemos vivido, un problema profesional o incluso algo que hemos visto en una película. A veces, un ejemplo cotidiano nos aclara en dos minutos lo que llevábamos un buen rato intentando entender.
No tenemos que esperar a que el profesor nos proporcione todos los ejemplos. Podemos buscarlos, proponerlos o preguntarnos dónde aparece en la vida real aquello que estamos estudiando.
Esto viene especialmente bien en las materias que nos cuesta relacionar con nuestra experiencia. Si conseguimos dejar de ver un concepto como una definición más en los apuntes y empezamos a reconocerlo en situaciones concretas, entenderlo y recordarlo será bastante más fácil.
7. Elegir un buen sitio
El sitio que elegimos también influye. Si nos sentamos junto a los amigos con los que hablamos constantemente, al lado de la puerta por la que entra y sale gente o en una zona desde la que apenas vemos la pantalla, quizá nos estemos poniendo las cosas un poco más difíciles.
No hace falta ocupar siempre la primera fila, pero sí buscar un lugar desde el que escuchemos bien, veamos a los docentes y podamos seguir la explicación. Si sabemos que nos distraemos con facilidad, mejor evitar los sitios que nos lo ponen todavía más difícil.
Y si la clase es muy numerosa, llegar unos minutos antes puede ahorrarnos acabar en el último hueco disponible, justo detrás de una columna.
8. Revisemos en un par de minutos lo que acabamos de escuchar
Salir del aula y olvidarnos de la asignatura hasta la semana siguiente es una buena manera de perder parte de lo que hemos aprendido. No hace falta ponerse a estudiar dos horas nada más terminar la clase, pero sí podemos dedicar unos minutos a echar un vistazo a los apuntes.
¿Hay algo que haya quedado incompleto? ¿Hemos anotado alguna duda que todavía no hemos resuelto? ¿Seríamos capaces de explicar con nuestras palabras las ideas principales de la sesión?
Si vemos que algo se nos ha escapado, todavía estamos a tiempo de consultarlo. También podemos completar los apuntes mientras recordamos la explicación, en lugar de encontrarnos unos días después con una frase a medias y preguntarnos qué demonios quería decir.
Una hora de clase puede ahorrarnos muchas horas de estudio
No siempre tendremos ganas de participar. Habrá asignaturas que nos interesen más que otras y profesores que tampoco nos lo pongan especialmente fácil. Pero podemos hacer bastante para que el tiempo que pasamos en el aula no se limite a cumplir un horario.
Dejar el móvil, escuchar de verdad, tomar apuntes que nos sirvan y resolver las dudas cuando aparecen no son grandes hazañas. Son gestos sencillos, aunque a veces cueste mantenerlos durante toda una clase. No van a convertir cada asignatura en nuestra favorita, pero sí pueden hacer que salgamos del aula sabiendo algo más que cuando entramos.
Al fin y al cabo, estudiar no empieza cuando llegamos a casa y abrimos los apuntes. Buena parte del trabajo podemos hacerla durante la propia clase, si conseguimos estar allí también con la cabeza.