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¿Qué hacemos cuando no estamos de acuerdo con un profesor?

¿Qué hacemos cuando no estamos de acuerdo con un profesor?

Mientras estudiamos nos hemos encontrado y nos encontraremos con profesores con los que no coincidimos (por decirlo suavemente) ¿Qué podemos hacer y cuándo podemos hacer algo?

Puede ser por una opinión que el docente ha expresado en clase, por su comportamiento en un momento concreto o en general, por la forma de plantear una asignatura, por el criterio que utiliza para corregir un trabajo o, por supuesto, porque no estamos de acuerdo con una nota.

Que un profesor tenga más conocimientos que nosotros sobre una materia no significa que tenga razón en absolutamente todo. Pero cuidado, que nosotros consideremos injusta una decisión o no estemos de acuerdo con una opinión, tampoco significa automáticamente que la razón sea nuestra o que tengamos algo que reprochar.

El problema está precisamente ahí: en distinguir cuándo estamos simplemente ante una diferencia de opinión, ante la libertad de cátedra de un docente, cuándo no entendemos el criterio académico que se ha aplicado y cuándo existe realmente un problema que deberíamos reclamar.

No todo desacuerdo es una injusticia

Lo primero que podemos hacer cuando algo nos molesta es intentar averiguar exactamente con qué no estamos de acuerdo.

Puede que el profesor defienda una interpretación de un tema que nosotros no compartimos. En ese caso, estamos ante un desacuerdo. Podemos argumentar nuestra posición, preguntar por qué considera válida la suya y, sobre todo, aprovechar la situación para prender que en la vida vamos a encontrarnos con cuestiones que admiten diferentes interpretaciones.

También puede ocurrir que pensemos que un trabajo merecía una nota más alta. Aquí la cosa cambia. Ya no estamos hablando necesariamente de opiniones, sino de criterios académicos que deberían estar definidos de alguna manera.

Y luego están las situaciones en las que realmente existe un problema: una calificación que no corresponde con los criterios publicados, un error en la corrección, un trato diferente respecto a otros estudiantes o una decisión que no parece ajustarse a las normas de la universidad.

Meter todas estas situaciones en el mismo saco no nos ayuda demasiado. Antes de enfadarnos, conviene saber a qué nos estamos enfrentando.

Antes de reclamar…

Cuando recibimos una nota que no entendemos en un trabajo o ejercicio, nuestra primera reacción puede ser cabrearnos o frustrarnos. Si percibimos que se ha cometido una injusticia, lógicamente, no nos vamos a sentir bien.

Es comprensible, pero quizá no sea el mejor punto de partida para hablar con el profesor.

Antes de pensar en entrar en su despacho con un bidón de gasolina, podemos revisar las indicaciones del trabajo, los criterios de evaluación y los comentarios que hemos recibido. También podemos comparar lo que se nos pedía con lo que realmente entregamos. Con objetividad, claro, no como si lo estuviese leyendo nuestra abuela que cree que lo hacemos todo perfecto y que somos los más listos.

Puede que el trabajo esté bien, pero que, claramente, no esté escrito por nosotros sino por una IA. Puede ser que no hayamos hecho lo que se pedía sino lo que nos ha dado la gana; también puede ser que nosotros no le demos importancia a la forma de presentación y el docente sí. Es posible que hayamos sido laxos con las normas ortográficas o que hayamos dejado para otro día lo de incluir una bibliografía.

En cualquier caso, las pautas de los trabajos se dan en clase y suelen estar recogidas en el material docente. Podremos reclamar si nos hemos ceñido a ellas, si no, no.

A veces descubriremos que tenemos razón y que nos han puesto una nota injusta. Otras veces comprobaremos que habíamos interpretado mal lo que se esperaba de nosotros. Y en algunas ocasiones seguiremos sin estar de acuerdo, pero al menos sabremos explicar por qué.

Antes de reclamar una subida de nota, podemos pedir una tutoría para que nos expliquen qué aspectos de nuestro trabajo han hecho que obtengamos esa calificación. Si entendemos el criterio, incluso aunque sigamos pensando que es demasiado severo, habremos conseguido algo útil. Y si el docente, siguiendo sus propios criterios, ve que la nota es injusta, también puede que nos suba la nota sin más. Y luego está la otra opción, si vemos que según sus propios criterios el trabajo debería estar mejor calificado, pero que hay un componente emocional o ideológico que está llevando al docente a bajarnos una nota sin criterios objetivos, ahí es donde podemos reclamar de verdad. Incluso recurriendo a instancias superiores.

Una opinión no necesita convertirse en una batalla

Igual que un docente no puede suspendernos por opinar distinto, también podemos encontrarnos con profesores cuyas opiniones no compartamos y no por eso tenemos derecho a tratar de cancelarlos en clase. Antes de poner el grito en el cielo, necesitamos saber qué protege y qué no la libertad de cátedra.

Esto forma parte de la universidad. Vamos a leer autores con los que no coincidimos, estudiar teorías que nos parecen discutibles y escuchar interpretaciones que nos chirrían. La solución no puede ser convertir cada desacuerdo en un enfrentamiento ni promover el pensamiento único.

De hecho, una de las cosas interesantes de estudiar en la universidad es precisamente aprender a argumentar una posición diferente.

Ante una diferencia de opinión, podemos preguntar qué evidencias sostienen esa afirmación, plantear otra interpretación o aportar una fuente que defienda una posición diferente. Y también podemos descubrir que nuestra opinión inicial estaba equivocada.

Esto último cuesta bastante más de lo que parece, pero nos abre un mundo nuevo de ideas muy interesante.

Si queremos discutir, mejor llevar argumentos

Hay una diferencia enorme entre decir no estoy de acuerdo y explicar por qué.

Si queremos plantear una discrepancia académica, nos conviene hacer los deberes antes. Buscar bibliografía, revisar los materiales de la asignatura y comprobar si existen otras interpretaciones nos permitirá mantener una conversación mucho más interesante.

Además, nos ayudará a evitar algo bastante frecuente: discutir con un profesor sobre una cuestión que en realidad no conocemos suficientemente.

Y aquí aparece una de las grandes ventajas de la universidad. No se trata de conseguir que el profesor admita que nosotros tenemos razón y él estaba equivocado. Se trata de aprender a defender una posición utilizando argumentos y evidencias, incluso cuando la persona que tenemos delante no la comparte.

¿Y si realmente creemos que es injusto?

Hay situaciones en las que hablar no basta. Si pensamos que se ha producido un error o una actuación que vulnera nuestros derechos como estudiantes, tenemos mecanismos para reclamar.

Pero también aquí conviene actuar con cierta cabeza.

Lo primero es guardar la documentación: criterios de evaluación, trabajos entregados, correcciones, comunicaciones y cualquier otra información relacionada con el problema. Si existe una normativa de la universidad o de la asignatura que afecta al caso, tendremos que conocerla.

Después podemos utilizar los cauces establecidos por la universidad. Dependiendo del problema, puede ser una revisión de examen, una reclamación de calificación, una tutoría, la coordinación de la asignatura, el departamento o los órganos correspondientes.

Ir directamente a la instancia más alta porque no nos gusta una nota probablemente no sea la mejor estrategia. Agotar los pasos establecidos no solo es más razonable, también nos permite demostrar que hemos intentado solucionar el problema antes de escalarlo.

No somos infalibles

Hay algo que conviene recordar antes de enfrentarnos a cualquier desacuerdo: podemos estar equivocados. Y no pasa nada.

Por norma, no deberíamos salir siempre ganando las discusiones. De hecho, si nunca cambiamos de opinión después de leer, estudiar o escuchar argumentos diferentes, quizá no estemos aprovechando demasiado bien la experiencia.

Podemos pensar que un examen está mal corregido y descubrir durante la revisión que habíamos interpretado mal una pregunta. Podemos creer que un profesor no valora nuestro trabajo y comprobar que hemos incumplido precisamente uno de los criterios que aparecían en las instrucciones.

Reconocerlo no nos hace menos capaces. Más bien al contrario.

Aprender a discrepar 

No vamos a estar de acuerdo con todos nuestros profesores, y, probablemente, tampoco ellos estarán de acuerdo con nosotros en muchas ocasiones.

La cuestión no es evitar el desacuerdo, sino aprender a manejarlo. Saber cuándo estamos ante una opinión, cuándo necesitamos entender mejor un criterio y cuándo tenemos motivos para reclamar nos permitirá reaccionar de una forma mucho más útil.

Y quizá esa sea una de las cosas que más merece la pena aprender en la universidad: no solo a defender lo que pensamos, sino a saber por qué lo pensamos, escuchar cuando alguien nos lleva la contraria y reconocer que podemos cambiar de opinión cuando los argumentos lo merecen.

Porque tener razón está muy bien. Pero aprender a discutir cuando creemos que la tenemos puede ser bastante más importante.