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¿Qué hacemos con todos los apuntes cuando termina el curso?

¿Qué hacemos con todos los apuntes cuando termina el curso?

Tomar apuntes a mano es mejor. No hay duda: mejora nuestra memoria a largo plazo, nos hace entender mejor y evita distracciones, pero todos esos folios garabateados ocupan un lugar en el mundo. ¿Qué hacemos con tantos papeles?

Los que escribimos a mano nos encontramos cada final de curso en la misma situación;  miramos la montaña de apuntes, fotocopias, esquemas, trabajos y manuales que hemos ido acumulando durante meses y nos hacemos la gran pregunta: ¿qué hacemos ahora con todo esto?

Hay quien lo guarda absolutamente todo por si acaso. Hay quien tira los apuntes a la basura el mismo día que sale del último examen como si estuviera participando en un ritual de liberación. Y luego están los que dejan las carpetas exactamente donde están con la esperanza de que el problema se resuelva solo.

Como suele ocurrir, probablemente ninguna de las tres opciones sea la mejor.

No todo merece un sitio en la estantería

Durante un curso universitario acumulamos una cantidad enorme de material, pero no todo tiene el mismo valor.

Hay apuntes que solo sirven para aprobar un examen muy concreto y que difícilmente volveremos a consultar. En cambio, hay asignaturas que constituyen la base de nuestra profesión y cuyos materiales pueden seguir resultándonos útiles muchos años después.

Si estudiamos Medicina, seguramente volveremos a consultar Anatomía. Si estudiamos Derecho, probablemente necesitaremos revisar conceptos básicos de Derecho Civil o Constitucional. Si nuestra carrera es Ingeniería, Matemáticas seguirá acompañándonos durante bastante tiempo. Y si estudiamos Educación, Psicología o Criminología, habrá autores y teorías a las que volveremos una y otra vez.

Antes de guardar o tirar nada, merece la pena preguntarnos una cosa muy sencilla: ¿es probable que vuelva a necesitar esto dentro de unos años?

Podemos tener la sensación de que la mayoría de las cosas las podremos encontrar en internet, pero eso no es cierto. Podremos encontrar una teoría, un estudio, una fórmula, pero nunca cómo nos las explicaron en clase ni cómo nosotros recogimos ese conocimiento añadiendo nuestra manera propia de sintetizar lo importante. Nuestros apuntes son irrepetibles y únicos. Tienen valor.

Haz una primera selección

Antes de empezar a llenar cajas y archivadores, merece la pena dedicar un rato a clasificar el material. Una forma muy práctica de hacerlo es dividirlo todo en tres grupos.

El primero será el de conservar. Aquí irán los apuntes de asignaturas fundamentales, los resúmenes que tanto nos costó preparar, los esquemas que realmente funcionan o cualquier material que sepamos que volveremos a consultar. Hay asignaturas que serán la base de otras y esas hay que conservarlas para posibles olvidos en el futuro.

El segundo será el de digitalizar. Fotocopias, artículos, ejercicios o documentación complementaria que no necesitamos conservar en papel, pero que tampoco queremos perder. Y, por último, estará el grupo de reciclar. Borradores, hojas sueltas, versiones antiguas de trabajos, fotocopias duplicadas o apuntes incompletos que ya han cumplido su función.

Esta primera criba suele ahorrar mucho espacio y evita que acabemos guardando cajas enteras simplemente porque nos cuesta tomar una decisión.

Conserva lo que te costó crear

Muchas veces pensamos en los apuntes únicamente como una recopilación de información, pero en realidad son algo más.

En ellos no solo está lo que explicó el profesor. También están nuestras anotaciones, los ejemplos que nos ayudaron a entender un concepto complicado, los dibujos que hicimos para memorizar un proceso o las pequeñas aclaraciones que nos hicieron comprender por fin un tema que al principio parecía imposible.

Todo ese trabajo tiene un valor que un libro de texto no puede sustituir. Por eso, antes de deshacernos de unos buenos apuntes, conviene pensar en el tiempo que nos costó elaborarlos. Si realmente están bien hechos, quizá merezca la pena conservarlos.

Los trabajos también forman parte de nuestro aprendizaje

Los apuntes no son el único material que generamos durante la carrera.

También realizamos investigaciones, comentarios de texto, prácticas, proyectos, exposiciones o trabajos en grupo que, una vez entregados, suelen desaparecer en alguna carpeta olvidada del ordenador. Y es una pena. Con el paso del tiempo, algunos de esos trabajos pueden servirnos para recordar cómo abordamos un problema, recuperar bibliografía interesante, mostrar ejemplos de nuestro trabajo cuando empecemos a construir un portfolio profesional o incluso usarlo como punto de partida para un doctorado o un proyecto laboral.

No hace falta guardarlo todo, pero sí merece la pena conservar aquellos proyectos de los que nos sentimos especialmente orgullosos.

Digitalizar puede ser una buena solución

Uno de los mayores problemas de conservar apuntes es, sencillamente, el espacio. Después de cuatro años de carrera es fácil acabar con varias estanterías llenas de archivadores.

Por eso cada vez más estudiantes optan por digitalizar parte de ese material. Escanear apuntes, guardar trabajos en la nube o clasificar documentos por asignaturas permite conservar toda esa información sin llenar la casa de carpetas.

Además, encontrar un archivo concreto suele ser mucho más rápido que rebuscar entre cajas de apuntes del primer curso. Eso sí, merece la pena dedicar unos minutos a organizar bien esos archivos. Poner nombres claros, agruparlos por asignaturas o por cursos y evitar títulos como «Apuntes buenos definitivos 2 ok.ok» hará que dentro de unos años encontremos lo que buscamos en cuestión de segundos.

Si decides conservarlos en papel, haz que sea fácil encontrarlos

No todos los apuntes tienen que acabar convertidos en archivos digitales. Hay quien sigue prefiriendo estudiar sobre papel o, simplemente, disfruta teniendo su biblioteca universitaria en casa. Si es nuestro caso, conviene archivarlos con un poco de criterio.

Lo más práctico suele ser utilizar archivadores o cajas clasificadoras y separar el material por cursos o por asignaturas. Si además etiquetamos cada carpeta con el nombre de la asignatura y el año académico, evitaremos tener que abrir cinco archivadores distintos cuando busquemos un tema concreto.

También es un buen momento para quitar grapas mal puestas, sustituir fundas rotas y eliminar todo ese papel que solo ocupa espacio.

No olvides hacer una copia de seguridad

Si decidimos conservar nuestros apuntes en formato digital, hay una norma casi obligatoria: nunca dejarlos en un único sitio.

Los ordenadores fallan, los discos duros se estropean y los pendrives tienen la extraña costumbre de desaparecer cuando más los necesitamos. Guardar una copia en la nube o en un disco duro externo apenas lleva unos minutos y puede evitar que perdamos años de trabajo.

No conviertas tu habitación en un museo de apuntes

Todos conocemos a alguien que todavía conserva los apuntes de primero de carrera quince años después. Y probablemente también conozcamos a quien tira absolutamente todo al terminar el examen.

Quizá el punto intermedio sea el más inteligente. No se trata de llenar una habitación de cajas que nunca volveremos a abrir ni de deshacernos de todo por impulso. Se trata de aprender a seleccionar aquello que realmente aporta valor. Al fin y al cabo, la universidad también consiste en eso: en aprender a distinguir lo importante de lo accesorio.

Hay cosas que nunca deberíamos perder

Entre tanto apunte, a veces olvidamos que también vamos acumulando documentos académicos importantes.

El expediente, los certificados, los diplomas de cursos, las acreditaciones de idiomas o, por supuesto, nuestro título universitario forman parte de nuestra trayectoria académica y merece la pena conservarlos con especial cuidado.

No los consultaremos todos los días, pero llegará el momento en que los necesitemos para solicitar una beca, acceder a un máster, presentarnos a una oposición o participar en un proceso de selección. Y ese no suele ser el mejor momento para descubrir que no sabemos dónde los guardamos.

Muchas universidades ofrecen actualmente servicios como eTítulo, que permiten acceder a las credenciales académicas digitales emitidas por el propio centro de forma sencilla y segura. Tener esa documentación siempre accesible evita muchos quebraderos de cabeza cuando necesitamos acreditar nuestra formación.

Quedarnos solo con lo importante

Al terminar el curso solemos pensar que nunca volveremos a abrir aquellos apuntes. A veces es cierto. Otras veces, años después, nos sorprende descubrir que seguimos recurriendo a ellos para recordar una teoría, consultar una fecha o recuperar una idea que habíamos olvidado.

Quizá la clave no esté en guardarlo absolutamente todo ni en deshacernos de ello por impulso. La clave está en conservar aquello que realmente puede seguir acompañándonos durante nuestra formación y nuestra vida profesional y despedirnos, sin demasiada nostalgia, de ese montón de fotocopias borrosas, hojas sueltas y esquemas imposibles que, seamos sinceros, probablemente ya cumplieron su misión el mismo día que terminó el examen.