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¿Primer año de carrera? Aprende a estudiar como un universitario

¿Primer año de carrera? Aprende a estudiar como un universitario

Pasar del instituto a la universidad no consiste únicamente en cambiar de edificio. Para muchas personas supone cambiar de ciudad, vivir por primera vez lejos de la familia, compartir piso, aprender a moverse por una ciudad nueva y comprender que nadie nos va a preguntar si hemos hecho los deberes.

Incluso para quienes siguen viviendo en casa, la vida universitaria tiene bastante menos que ver con la que dejamos atrás. Las aulas pueden estar abarrotadas con cientos de personas, los profesores no suelen saber quiénes somos, tenemos que organizar nuestros horarios y nadie va a perseguirnos para recordarnos que mañana tenemos un examen. Y también tenemos que aprender a estudiar de otra manera.

Nadie llevará nuestra agenda

En el instituto estamos acostumbrados a que buena parte del proceso esté organizado desde fuera. Tenemos un horario bastante estable, profesores que nos conocen, tareas que se revisan con frecuencia y familias que pueden estar al tanto de cómo vamos.

En la universidad, esa responsabilidad pasa a nuestras manos (como debe ser); por lo tanto, no se trata solo de estudiar y aprender nuevas cosas: se trata también de aprender a ser autónomos.

Obviamente, tenemos que saber cuándo son las clases, qué trabajos tenemos que entregar, qué lecturas nos han pedido y cuándo son los exámenes, pero también qué itinerario académico nos interesa más, qué conferencias son más interesantes para nuestra profesión, a qué profesionales nos conviene conocer o qué hacemos con los créditos de libre configuración. Tenemos que consultar el campus virtual (y saber usarlo bien), revisar los avisos y estar pendientes de los plazos.

Puede parecer una cuestión administrativa, pero también afecta directamente al estudio. Si esperamos a que alguien nos diga que hacer y cómo hacerlo pasado el primer cuatrimestre es que ya vamos tarde.

El volumen de trabajo cambia

Una de las primeras sorpresas para muchos estudiantes es descubrir que una asignatura no termina en lo que se explica en clase.

Podemos tener que leer capítulos de libros, artículos científicos, legislación, apuntes o materiales que los docentes hayan puesto a nuestra disposición. Y quizá tengamos varias asignaturas haciendo lo mismo al mismo tiempo, por lo que ya no sirve con volver a casa y repasar lo que hemos visto ese día.

En la universidad necesitamos aprender a trabajar con información que no nos han explicado previamente en clase, distinguir qué es fundamental y qué es complementario y organizar nuestro tiempo para llegar a todo. Pero, tranquilo todo el mundo que tampoco es tan difícil como parece.

Tú buscas la relación con los profesores

En una clase del instituto es bastante difícil pasar inadvertido. En la universidad podemos estar sentados en una de las últimas filas de un aula enorme rodeados de cientos de compañeros y que el profesor ni siquiera sepa nuestro nombre.

Eso puede resultar liberador, pero también implica que tenemos que ser más activos y hacernos notar si queremos que nos tengan en cuenta. ¿Y por qué íbamos a querer eso con lo estupendo que es ser invisible? Pues porque nos interesará para que nos tutoricen trabajos, para que nos recomienden actividades, para que se acuerden de nosotros si sale alguna actividad remunerada, por hacer networking

Si no entendemos algo, podemos preguntar en clase, acudir a una tutoría o buscar por nuestra cuenta la información que nos falta según el grado de atención que queramos recibir por parte de los docentes.

Tampoco nadie va a venir a decirnos que llevamos tres semanas sin entender un concepto fundamental. Si tenemos un problema con una asignatura, somos nosotros quienes tenemos que detectarlo y buscar una solución.

El profe mamá-gallina se acabó.

Aprender a estudiar también significa aprender a leer

Las lecturas en el instituto solían centrarse en libros de texto. En la universidad no hay y las lecturas también se hacen de otra forma.

Un artículo científico, un ensayo o un capítulo de un libro pueden requerir varias lecturas, tomar notas, buscar conceptos que desconocemos y relacionar lo que estamos leyendo con otros conocimientos. No van a ser manuales que nos cuenten lo que necesitamos saber, sino que somos nosotros los que tendremos que aprender a separar el grano de la paja.

Podemos utilizar esquemas, resúmenes o mapas conceptuales cuando necesitemos ordenar información, pero siempre identificando las ideas principales, relacionarlas y explicarlas con nuestras propias palabras porque si no, el temario se vuelve inabarcable.

Y, sobre todo, tendremos que aprender a estudiar antes de que llegue el examen. Mucho antes.

Las técnicas de estudio ahora son más importantes

Cambiar nuestra manera de estudiar no significa abandonar las técnicas que ya conocemos. Significa utilizarlas con más criterio.

El subrayado de siempre nos ayuda a localizar las ideas importantes; los esquemas, a organizar conceptos; las tarjetas, a recuperar información que necesitamos memorizar; y practicar con preguntas o ejercicios nos servirá para comprobar si realmente hemos aprendido.

También podemos explicarnos un tema en voz alta o intentar responder una pregunta sin mirar los apuntes.

Pero ninguna técnica hará el trabajo por nosotros. Tendremos que decidir cuál nos sirve para cada asignatura y combinarla con algo que tendemos a olvidar: dedicar tiempo suficiente al estudio.

A veces, supone un auténtico cambio de vida

Para algunas personas que cambian de ciudad los cambios son mucho más significativos y requieren verdadero autocontrol y responsabilidad. Por ejemplo, cuando nos hemos acostado al amanecer y aun así nos levantamos temprano para ir a clase. Y lo hacemos sin supervisión de los padres. Cocinar, hacer la compra, gestionar el dinero, compartir responsabilidades o aprender a organizar una semana entera sin la estructura familiar habitual son cambios que pueden resultar emocionantes y apabullantes al mismo tiempo.

Incluso cuando seguimos viviendo con nuestra familia, la universidad puede cambiar nuestras rutinas, nuestras amistades y la manera en que utilizamos nuestro tiempo libre. Tenemos más libertad, pero también más decisiones que tomar.

No tenemos que saber hacerlo todo desde el primer día

Puede parecer que los demás han llegado a la universidad sabiendo perfectamente cómo funciona todo, pero la mayoría estamos aprendiendo.

Durante las primeras semanas podemos perdernos buscando un aula, no entender muy bien qué espera un profesor de un trabajo, calcular mal cuánto tiempo necesitamos para preparar una asignatura o descubrir demasiado tarde que aquel capítulo del manual no era precisamente opcional. Todo forma parte del proceso.

La universidad nos exige más autonomía, más capacidad para gestionar información y más responsabilidad sobre nuestro propio aprendizaje. Pero nadie espera que adquiramos todas esas habilidades de golpe.

Empezar una carrera también significa aprender a ser universitarios. Y una parte importante de ese aprendizaje consiste en descubrir cómo estudiamos mejor, qué necesitamos para comprender una materia y cuándo tenemos que pedir ayuda.

Porque quizá la diferencia más importante respecto al instituto no sea que los exámenes sean más difíciles o que tengamos más apuntes. Es que, poco a poco, dejamos de estudiar porque alguien nos dice que tenemos que hacerlo y empezamos a estudiar porque entendemos que nuestro aprendizaje depende de nosotros.