¿Merece la pena hacer un Erasmus?
Cuando alguien menciona la palabra Erasmus pensamos en viajar, en ver ciudades preciosas, en fotografía, en visitar monumentos, en conocer a otros estudiantes de distintas partes del mundo y en una agenda llena de planes.
Y sí, todo eso forma parte de la experiencia. Pero reducir un Erasmus a viajar y salir de fiesta es quedarse con una parte muy pequeña de lo que realmente supone vivir varios meses en otro país. Porque un Erasmus también es hacer una compra en un supermercado sin entender las etiquetas, abrir una cuenta bancaria en otro idioma, entrar en una clase a mitad e curso, descubrir costumbres que no conocíamos y aprender a resolver problemas sin tener a nuestra familia a diez minutos de casa.
Entonces, ¿merece la pena?
Aprender un idioma a marchas forzadas
Muchas personas se plantean un Erasmus para mejorar un idioma y esa suele ser una de las mejores decisiones. No porque en unos pocos meses vayamos a hablar perfectamente inglés, francés o italiano, sino porque empezaremos a utilizar esa lengua para vivir.
Tendremos que preguntar cómo llegar a un sitio, cómo resolver un trámite universitario, entender un contrato de alquiler, hablar con nuestros profesores, hacer amigos o pedir cita en un centro de salud. Un tipo de aprendizaje que difícilmente puede conseguirse dentro de un aula y que puede resultar aterrador, pero que nos va a poner las pilas como pocas cosas. Realmente, si queremos dominar un idioma, no hay nada más eficaz que la inmersión lingüística.
La burocracia es internacional
Esta probablemente sea una de las partes menos fotogénicas del Erasmus.
Antes incluso de subir al avión tendremos que preparar documentación, buscar alojamiento, matricularnos correctamente, organizar el reconocimiento de asignaturas, contratar algunos servicios o gestionar diferentes trámites administrativos. No suele ser la parte más emocionante del viaje, pero sí una de las que más nos enseña.
Acabaremos aprendiendo a leer documentos con atención, a saber a quién preguntar cuando no entendemos algo y a resolver pequeños problemas por nuestra cuenta.
Y, aunque en ese momento no lo parezca, esa autonomía terminará siendo una de las cosas más valiosas que nos llevemos de la experiencia.
No todo es un choque cultural
Cuando pensamos en estudiar fuera solemos imaginar diferencias enormes entre países.
Hay costumbres que nos sorprenderán, horarios distintos, formas diferentes de organizarse o maneras de relacionarse que quizá no esperábamos. Pero también descubriremos que compartimos muchas más cosas de las que imaginábamos con personas que han crecido a miles de kilómetros de nosotros.
Esa mezcla entre diferencias y similitudes hace que empecemos a ver que las culturas no son islas, que todo está conectado y que los seres humanos compartimos mucho más de lo que nos diferencia. Y, además, pocas experiencias enseñan tanto como descubrir que no existe una única forma de hacer las cosas.
Aprender fuera de las aulas
Un Erasmus es una experiencia académica, pero gran parte del aprendizaje ocurre cuando termina la jornada. Nos permite desarrollar un aprendizaje de lo cotidiano en autonomía casi total, un ensayo de vida adulta (con privilegios, eso sí). Es como un simulacro, pero divertido. Nos va a preparar para convivir con todo tipo de personas y podrá ayudarnos a desarrollar habilidades tan necesarias como la asertividad o la capacidad para negarnos o no ceder a la presión social.
Hay que tener en cuenta que compartir piso con personas de otros países significa descubrir formas distintas de entender la limpieza, los horarios, la comida o incluso el silencio. A veces será fácil y otras no tanto, pero convivir también forma parte de la vida.
Las amistades inesperadas
Es habitual llegar pensando que haremos amistad únicamente con otros estudiantes de nuestro país y, sin embargo, la realidad suele ser bastante diferente.
Las clases, las residencias, los grupos de estudio o las actividades organizadas por las universidades hacen que terminemos conociendo personas de muchos lugares distintos.
Algunas serán amistades de unos meses. Otras continuarán muchos años después de volver a casa y tener amigos repartidos por Europa —o por el mundo— es una de esas cosas que nadie suele valorar antes de irse y que después se convierte en uno de los mejores recuerdos de la experiencia.
También habrá días difíciles
No todo será emocionante. Habrá momentos en los que echemos de menos nuestra casa, nuestra familia o simplemente poder explicar un problema sin buscar las palabras en otro idioma. Puede que el alojamiento no sea el que esperábamos o que alguna asignatura resulte más complicada de lo previsto.
Y no pasa nada. Parece que un Erasmus debería ser perfecto porque así aparece en las redes sociales, pero la realidad, como ocurre con cualquier otra etapa de la vida, tiene días mejores y días peores. Precisamente aprender a gestionar esos momentos forma parte del viaje.
Entonces... ¿merece la pena?
Rotundamente sí.
Hay quien vuelve convencido de que ha vivido el mejor año de su vida, quien descubre que estudiar fuera no era exactamente lo que esperaba y hay quien, incluso, lo vive como una pesadilla. Sea como sea, es una vivencia que hay que tener y el momento de tenerla es este: mientras estamos estudiando. Más adelante, el trabajo y otras obligaciones no nos dejarán disfrutar de algo así y todo lo que vamos a vivir, a aprender y a disfrutar no podremos recuperarlo después.