Las cosas que nadie te cuenta sobre terminar la carrera
Si durante años pensamos que el día en que terminemos la carrera será uno de los mejores de nuestra vida, probablemente nos llevemos una sorpresa.
Imaginamos la última nota, la graduación, las fotos con la familia, el alivio de no volver a estudiar jamás (¡ja!) y la sensación de haber alcanzado una meta enorme.
Y todo eso ocurre (más o menos). Pero también pasan otras cosas de las que se habla bastante poco, porque terminar la carrera no es una línea de meta. Es una frontera extraña. Una mezcla de orgullo, miedo, ilusión y vértigo. Una etapa en la que todo parece posible y, precisamente por eso, a veces resulta un poco aterradora.
No vamos a tener la vida resuelta al día siguiente
Salvo que seamos los herederos de una empresa familiar o algo así, lo normal es que no sea tan sencillo tener el futuro resuelto como nos gustaría.
Después de años estudiando, uno podría pensar que el día después de graduarse aparecerá mágicamente un trabajo estupendo, una vocación clarísima y una seguridad absoluta sobre el futuro, pero no suele ocurrir.
De repente desaparece la estructura que nos ha acompañado durante años. Ya no hay horarios fijos, ni asignaturas, ni exámenes, ni un plan perfectamente definido para los próximos meses. Y eso puede producir una sensación extraña: llevábamos mucho tiempo deseando acabar y, cuando lo hacemos, no sabemos muy bien qué hacer a continuación.
No significa que nos hayamos equivocado de carrera ni que vayamos tarde. Significa que estamos entrando en una etapa nueva y que, como todas, necesita un tiempo de adaptación.
Descubriremos profesiones que ni sabíamos que existían
Durante la carrera solemos pensar en unas pocas salidas profesionales muy concretas. Sin embargo, cuando empezamos a investigar ofertas de empleo o a hablar con personas que terminaron antes que nosotros, descubrimos que nuestro título puede conducir a lugares inesperados.
Hay gente que acaba trabajando en investigación sin haberlo planeado jamás. Otros terminan en empresas privadas, en ONG, en la administración pública o montando sus propios proyectos.
Y hay quien tarda años en encontrar aquello que realmente le gusta.
Nos han acostumbrado a pensar que hay un camino correcto y lineal, pero la realidad suele ser mucho más caótica y mucho más interesante.
Compararnos con los demás nos hará sufrir innecesariamente
Y este es, probablemente, uno de los errores más frecuentes.
Un compañero encuentra trabajo enseguida. Otra empieza un máster espectacular. Otro se marcha al extranjero. Y nosotros miramos alrededor y pensamos que todo el mundo tiene clarísimo qué hacer menos nosotros.
La realidad es que casi nadie tiene las cosas tan claras como aparenta y que nos pensamos que los casos más llamativos son los mayoritarios simplemente porque los recordamos mejor. Es el conocido heurístico o sesgo de disponibilidad y es un poco puñetero, porque nos hace creer cosas que no son.
Cada persona avanza a su ritmo, tiene circunstancias distintas y toma decisiones diferentes. Comparar nuestro comienzo con el resultado aparente de otros suele ser una forma bastante eficaz de amargarnos la existencia.
Echaremos de menos cosas que ahora nos parecen insoportables
Ahora mismo, quizá, estemos pensando que jamás echaremos de menos una biblioteca abarrotada en época de exámenes o un trabajo en grupo con alguien que nunca contestaba los mensajes.
Pues bien: es posible que dentro de unos años recordemos todo eso con bastante cariño.
Porque la universidad no es solo estudiar. Es una etapa de descubrimientos, amistades, primeras responsabilidades y una cierta sensación de que la vida todavía está en proceso.
Cuando termina la época de estudiar —que puede ser al acabar la carrera, el máster o el doctorado, pero cuando lleguemos a ese final—, dejamos atrás mucho más que unas asignaturas; habremos dejado atrás la última etapa de la vida tal y como la conocemos.
Llevamos yendo a clase cada mañana desde los tres años ¿Acaso nos podemos hacer una idea real de lo que será la vida después? No, porque no la conocemos y esa nueva situación es normal que nos haga sentir un montón de emociones muy intensas que nos pueden superar de vez en cuando.
Seguiremos teniendo que estudiar
Existe una idea bastante extendida según la cual la universidad nos enseña todo lo necesario para ejercer una profesión. Ojalá.
La realidad es que la carrera nos proporciona una base enorme y nos enseña a pensar, a investigar y a aprender por nuestra cuenta, pero el conocimiento no se detiene cuando conseguimos el eTítulo.
Seguirán apareciendo libros, cursos, especializaciones y nuevas formas de hacer las cosas. Cambiarán las tecnologías, las herramientas y hasta las profesiones.
Y eso no es una mala noticia (salvo que odiemos estudiar). En realidad, es una de las partes más bonitas de estudiar: descubrir que siempre queda algo por aprender y que, si queremos ser buenos profesionales tendremos que mantenernos actualizados.
El síndrome del impostor existe
Es posible que, al terminar la carrera, sintamos que sabemos muy poco. Que pensemos que hemos olvidado la mitad de lo estudiado, que otros están mejor preparados y que en cualquier momento alguien descubrirá que no somos tan competentes como aparentamos.
Bienvenidos al síndrome del impostor.
Le ocurre a muchísima gente, incluso a profesionales con años de experiencia. La diferencia es que unos aprenden a convivir con esa sensación o la combaten y otros dejan que los paralice.
No hace falta saberlo todo para empezar. De hecho, nadie empieza sabiéndolo todo, lo que hace falta es tener una buena disposición a aprender y mejorar.
Buscar trabajo puede resultar agotador
Nos han vendido tantas veces la idea de la vocación y del empleo perfecto que a veces olvidamos algo importante: buscar trabajo es un trabajo en sí mismo.
Habrá currículos enviados que no recibirán respuesta. Entrevistas que no saldrán bien. Ofertas que parecerán hechas para nosotros y que terminarán en nada.
Y aun así, habrá que seguir. No porque el esfuerzo garantice el éxito, sino porque casi todas las personas que hoy tienen un trabajo que les gusta han pasado antes por momentos de duda, rechazo o incertidumbre.
Conseguir el título sigue siendo importante
En medio de todas estas dudas conviene no olvidar algo esencial: terminar la carrera es un logro enorme.
Han sido años de esfuerzo, de exámenes, de trabajos imposibles, de madrugones y de momentos en los que pensamos seriamente en dejarlo todo y abrir un chiringuito en la playa. Haber llegado hasta aquí tiene mérito.
Además, hoy muchas universidades ofrecen servicios como eTítulo, que permiten acceder a credenciales académicas digitales emitidas por el propio centro, algo especialmente útil cuando empezamos a solicitar prácticas, becas o empleos y necesitamos acreditar nuestra formación de forma rápida y segura.
Nadie sabe exactamente lo que está haciendo
Y quizá esta sea la mayor verdad de todas.
Cuando terminamos la carrera creemos que los adultos «de verdad» tienen respuestas para todo, que saben qué decisiones tomar y que avanzan con seguridad absoluta.
Luego empezamos a trabajar, conocemos a más gente y descubrimos algo sorprendente: la mayoría improvisa bastante más de lo que parecía.
Así que si estás terminando la carrera y sientes ilusión, miedo, incertidumbre o una mezcla caótica de todo ello, no te preocupes demasiado.
Con seguridad estás exactamente donde tienes que estar. Y eso, aunque ahora no lo parezca, también forma parte del aprendizaje.