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Cuando las fuentes se contradicen: enriquece tus trabajos con una buena discusión

Cuando las fuentes se contradicen: enriquece tus trabajos con una buena discusión

¿Y si los estudios dan conclusiones diferentes? ¿Y si hasta se contradicen? Pues perfecto, tendremos la oportunidad de presentar un trabajo bueno de verdad, no la desaprovechemos por querer tener razón. 

Cuando tenemos que hacer un trabajo universitario, uno de los primeros pasos es buscar información sobre el tema. Miramos el Google Académico, manuales, artículos académicos, libros o cualquier otra fuente hasta que conseguimos reunir material suficiente para empezar a escribir. El problema aparece cuando descubrimos que no todo el mundo está de acuerdo, que los resultados de estudios con apariencia científica no solo no coinciden sino que directamente se contradicen. A veces un autor de referencia defiende una postura, otro la cuestiona y asistimos a una conferencia donde se llega a una tercera conclusión que le da un vuelco a todo lo anterior.

¿Qué hacemos entonces? Podemos quedarnos con la explicación que más nos convence, descartar lo que contradice nuestras ideas y construir el trabajo a partir de ahí (de hecho, es lo más común). También podemos seguir la línea con la que sentimos más afinidad y luego incluir menciones a todas las posturas a modo de reseña. Pero hay una tercera posibilidad, bastante más interesante: aprovechar esas discrepancias para comprender mejor el tema y construir un trabajo que aporte algo más que un resumen de lo que hemos leído.

No busques información para tener razón, sino para aprender

Cuando empezamos a investigar un asunto, es fácil que nos formemos una primera opinión. A partir de ahí, podemos caer en la tentación de buscar información que la confirme, mientras prestamos menos atención a los argumentos que la cuestionan.

Esto nos puede pasar incluso sin darnos cuenta; es lo que se conoce como «sesgo de confirmación» y es la mar de interesante y muy útil conocerlo. Si encontramos un artículo que defiende nuestra postura, nos parece convincente; si otro presenta datos que la contradicen, empezamos a buscarle defectos. Y quizá los tenga, pero también puede ocurrir que estemos aplicando criterios diferentes según nos guste o no lo que leemos.

Para evitarlo, podemos hacer el ejercicio de buscar deliberadamente argumentos contrarios a nuestra primera interpretación. No se trata de dar la misma credibilidad a cualquier afirmación, sino de comprobar si nuestra explicación resiste cuando la confrontamos con otras evidencias.

Si estamos preparando un trabajo sobre el uso de las redes sociales entre los jóvenes, por ejemplo, podemos encontrar investigaciones que señalan riesgos para la salud mental y otras que destacan sus posibilidades para mantener relaciones sociales o encontrar apoyo. En lugar de escoger una de las dos perspectivas de entrada, podemos preguntarnos qué aspectos estudia cada investigación, a qué población se refiere y qué entiende exactamente por bienestar.

A lo mejor descubrimos que no están estudiando lo mismo o que sus resultados no son tan incompatibles como parecían. Y eso ya nos permite avanzar.

¿Por qué llegan los autores a conclusiones diferentes?

Cuando dos fuentes discrepan, lo interesante no es únicamente averiguar cuál tiene razón. También necesitamos entender por qué llegan a conclusiones distintas.

Puede que partan de teorías diferentes, que utilicen metodologías distintas, que trabajen con poblaciones que no tienen demasiado que ver entre sí o que analicen el problema desde disciplinas diferentes. Incluso pueden utilizar una misma palabra para referirse a fenómenos distintos.

Por eso, antes de contraponer dos estudios, conviene revisar qué investigan exactamente, cómo lo hacen y cuáles son sus limitaciones o sesgos. Una investigación basada en una muestra pequeña, por ejemplo, no permite extraer las mismas conclusiones que otra con una muestra amplia y representativa. Tampoco podemos comparar directamente resultados obtenidos en contextos sociales muy diferentes sin tener en cuenta esas diferencias.

Este trabajo de comparación nos obliga a leer con más atención y a dejar de tratar las fuentes como depósitos de información que vamos vaciando en nuestro trabajo, sino que empezamos a analizarlas, a relacionarlas y a comprender qué podemos extraer realmente de ellas en conjunto.

Construir una discusión, no una colección de opiniones

Una vez que conocemos las distintas posiciones, llega el momento de ponerlas en relación. Y aquí está una de las diferencias entre un trabajo que se limita a recopilar información y otro que desarrolla una discusión.

Podemos dedicar tres páginas a explicar lo que dice cada autor y terminar sin haber avanzado demasiado. O podemos preguntarnos qué argumentos se enfrentan, qué evidencias respaldan cada postura, en qué puntos coinciden y dónde aparecen las diferencias fundamentales.

Imaginemos que estamos investigando las causas del abandono escolar. Una fuente destaca los factores económicos y sociales; otra pone el foco en la experiencia dentro del centro educativo, y una tercera analiza el papel de las expectativas familiares. Podemos presentar cada explicación por separado, pero también podemos estudiar cómo se relacionan.

¿Son factores independientes? ¿Se refuerzan entre sí? ¿Puede una misma circunstancia tener efectos diferentes según el contexto? ¿Qué aspectos no explica suficientemente cada enfoque?

Estas preguntas nos ayudan a construir una discusión de verdad. No necesitamos inventar una teoría revolucionaria ni resolver un debate que lleva décadas abierto. Basta con examinar las relaciones entre las explicaciones y mostrar qué nos permiten comprender, qué dejan fuera y qué dudas siguen pendientes.

El pensamiento crítico también consiste en cambiar de opinión

A veces empezamos un trabajo convencidos de una idea y terminamos con una conclusión bastante diferente. O descubrimos que nuestra postura inicial tenía parte de razón, pero necesitaba muchos más matices de los que habíamos considerado.

Eso no significa que hayamos investigado mal. Al contrario, puede ser una señal de que hemos tomado en serio la información que hemos encontrado.

El pensamiento crítico no consiste en llevar la contraria por sistema, desconfiar de todo o buscar defectos en cualquier argumento. Consiste en examinar las razones que sostienen una afirmación, valorar la calidad de las evidencias y estar dispuestos a revisar nuestras conclusiones cuando encontramos motivos para hacerlo.

También implica reconocer cuándo no tenemos información suficiente para decidir entre dos explicaciones. No pasa nada por llegar a una conclusión provisional o señalar que existen cuestiones que las fuentes consultadas no permiten resolver. Es mucho más riguroso que fingir una seguridad que no tenemos.

Nuestra conclusión no tiene que ser la última palabra

Cuando terminamos un trabajo, es normal que queramos cerrar el tema con una conclusión clara. Sin embargo, no todos los problemas tienen una respuesta sencilla, y no todas las discrepancias pueden resolverse con la información disponible.

Nuestra aportación puede consistir en identificar qué explicación está mejor respaldada por las evidencias, mostrar por qué una interpretación resulta más convincente que otra o señalar qué factores necesitamos tener en cuenta para comprender un problema. También podemos concluir que dos enfoques explican aspectos diferentes de una misma realidad.

Lo importante es que la conclusión se desprenda del análisis que hemos realizado, no de lo que lo que vaya mejor con nuestra ideología.

Y para llegar hasta ahí, necesitamos algo más que reunir fuentes y redactar párrafos. Tenemos que leer con curiosidad, comparar con rigor, hacernos preguntas y aceptar que algunas respuestas pueden ser más complejas de lo que esperábamos.

Es más, ¿y si en la conclusión del trabajo no ponemos una conclusión sino una duda? Pues mucho mejor, si no se ponen de acuerdo los expertos, mucho menos nosotros que nos estamos formando. No hace falta tomar partido, sino ser capaces de analizar cada resultado.

Porque un buen trabajo universitario no es necesariamente el que contiene más información ni el que presenta una respuesta más contundente. Es aquel en el que conseguimos utilizar lo que hemos leído para comprender mejor un problema, construir argumentos propios y explicar por qué llegamos a determinadas conclusiones. Y eso difícilmente lo conseguiremos si solo buscamos autores que estén de acuerdo con nosotros.