Cómo saber cuándo dejar de repasar un tema y pasar al siguiente
Uno de los mayores errores que cometemos al estudiar no es dedicar poco tiempo a una asignatura, sino dedicar demasiado tiempo a una parte concreta de ella.
Todos hemos tenido alguna vez un tema que hemos leído tantas veces que casi podríamos recitarlo de memoria. El problema es que, mientras seguimos repasándolo por décima vez, hay otros apartados del temario esperando nuestra atención. U otras asignaturas a las que dejamos de lado.
Saber cuándo dejar de estudiar algo es una habilidad tan importante como saber cuándo empezar.
La falsa seguridad del repaso constante
Hay algo muy tranquilizador en volver una y otra vez sobre un tema que ya conocemos. Cada vez que lo leemos nos resulta familiar, entendemos lo que pone y tenemos la sensación de que estamos avanzando.
Sin embargo, esa sensación puede ser engañosa.
Muchas veces no seguimos repasando porque lo necesitemos, sino porque nos hace sentir cómodos. Es mucho más agradable releer un tema que dominamos que enfrentarnos a otro que nos cuesta entender. El problema es que los exámenes no suelen premiar nuestra comodidad.
El perfeccionismo no ayuda
Otra de las razones por las que sobreestudiamos algo en concreto es por el perfeccionismo. Como casi todo, en dosis pequeñas, el perfeccionismo está bien y es útil, pero como se nos vaya de las manos nos puede perjudicar mucho.
Cuando nos queremos saber algo a la perfección, tal y como lo dicen en los manuales o como lo explicó la profesora, cuando queremos que nuestras respuestas sean perfectas, puede que lo consigamos, pero solo hasta cierto punto; el punto en el que nos aprendemos tan magníficamente bien una parte, que no nos ha dado tiempo a mirar otras.
Cuando nos ponemos muy perfeccionistas, podemos dedicar horas a aprender datos muy concretos porque sentimos que todavía no dominamos el tema al cien por cien. Mientras tanto, dejamos sin revisar contenidos mucho más importantes o se nos escapan ideas globales porque nos hemos centrado mucho en el examen.
A veces conviene preguntarse si estamos estudiando para comprender y aprobar o si estamos persiguiendo una perfección que quizá ni siquiera sea necesaria.
La prueba definitiva: intentar explicarlo
Existe una forma muy sencilla de saber si dominamos un tema: intentar explicarlo sin mirar los apuntes.
No hace falta buscar una audiencia. Podemos hacerlo en voz alta, escribir un resumen de memoria o responder a preguntas imaginarias como si estuviéramos en el examen.
Si somos capaces de explicar los conceptos principales, relacionarlos entre sí y recordar los datos importantes sin consultar el material, probablemente ha llegado el momento de pasar a otra cosa.
En cambio, si aparecen lagunas importantes o conceptos confusos, todavía queda trabajo por hacer.
El método Leitner nos puede ayudar muchísimo para saber en qué tenemos que insistir un poco más y qué podemos dejar de repasar.
Cuando estudiar deja de aportarnos algo
Al principio, cada repaso suele producir una mejora notable. Comprendemos mejor el contenido, detectamos errores y recordamos más información.
Pero llega un momento en el que los beneficios empiezan a disminuir.
Si llevamos tres repasos seguidos sin descubrir nada nuevo, sin corregir errores y sin aumentar significativamente nuestra comprensión, quizá estemos entrando en una zona de rendimiento decreciente. Seguimos invirtiendo tiempo, pero obtenemos muy poco a cambio.
Y el tiempo, especialmente en época de exámenes, es un recurso limitado. Si algo se nos atraganta, es mejor cambiar la técnica de estudio que seguir repasando una y otra vez.
Los temas difíciles también existen
A veces ocurre justo lo contrario de lo que decíamos: abandonamos demasiado pronto los temas que nos resultan complicados porque nos frustran.
Por eso conviene distinguir entre dos situaciones diferentes:
Seguir repasando algo que ya dominamos y abandonar algo que todavía no entendemos.
La primera nos hace perder tiempo. La segunda nos puede costar puntos en el examen.
El objetivo no es repartir el tiempo por igual entre todos los temas, sino dedicar más atención a aquellos que realmente la necesitan.
Los errores como brújula
Los errores son una de las mejores herramientas para organizar el estudio.
Si al hacer ejercicios, test o simulacros seguimos fallando determinadas preguntas, ya sabemos dónde debemos invertir nuestro tiempo. Si siempre acertamos otras, probablemente podamos reducir los repasos de esa parte y concentrarnos en aspectos más débiles.
En este sentido, equivocarse durante el estudio es tremendamente útil. Mucho más útil, de hecho, que acertar siempre.
Aprender a cambiar de tema es estudiar con cabeza
Solemos pensar que estudiar consiste en sentarse delante de los apuntes y acumular horas. Sin embargo, una parte importante del proceso consiste en tomar decisiones: qué estudiar, cuándo repasarlo y cuándo dejarlo.
Saber abandonar un tema en el momento adecuado no significa ser conformista ni estudiar menos. Significa gestionar mejor el tiempo disponible. Aplicar diferentes técnicas de estudio a lo largo de todo el proceso, ajustándonos a las necesidades que tengamos de aprendizaje es estudiar con inteligencia.
Y precisamente eso es lo que diferencia muchas veces una preparación eficiente de una que termina convirtiéndose en una interminable sucesión de repasos que ya no aportan nada nuevo.